divendres, d’abril 03, 2009

Dánae

Dánae se levantó del pequeño camastro aún con el sueño perfumándole el cuerpo, y se acercó al lienzo. El pintor estaba de espaldas limpiando sus pinceles con la satisfacción reflejada en la cara. La joven, solo oculta por una tela, se ruborizó al ver su imagen pintada. ¿Cómo podía haber plasmado esa expresión para que todo el mundo la viera? ¿Cómo se había atrevido a exponerla de aquella manera? La duda empezaba a germinar en su mente.
El pintor se giró y miró a la sonrojada joven .
¿Te gusta, pequeña?
Y, sí, era magnífico. Dánae estaba en una postura casi fetal, en total confianza, fuera de este mundo. Su pelo rojo ocupaba parte del cuadro dándole una brutal fuerza sensual. La bonita tela que ahora cubría su cuerpo tembloroso, contrastaba como el agua con el fuego de su pelo. Una preciosa lluvia se escapaba entre sus piernas. Y su rostro, mostraba tal placidez. No, se dijo. Mostraba placer. El pintor había captado perfectamente ese preciso momento. Mostraba lo que ella creía que era un secreto solo reservado para ellos dos. Se avergonzó, le asqueó ver reflejada tanta sinceridad.
Pero el pintor había retratado a Dánae a la perfección.
Ese Zeus terrenal la había seducido. Al igual que a la mitológica muchacha, la había fecundado engañándola con su poder para que naciera la belleza, porque alguien que tenía el poder de crear algo tan bello, tenía que poseer a la fuerza el don de la belleza.
La joven era inocente, pero sabia de letras, conocía la leyenda que ahora recreaban su cuerpo, su rosto, y al volver a mirar al pintor vió al sátiro que habitaba en él. Vió su engaño, su avidez. Pero ya no podía volver atrás, era consciente también de sus actos, de sus consecuencias. Ahora sabía. La obra estaba terminada. El fruto de su relación había sido dado a luz. Y ante esa idea Dánae sintió un alubión de sentimientos, la vergüenza, la decepción por el engaño, la humillación de saberse desnuda en cuerpo y alma, pero también la aceptación, y finalmente orgullo. El orgullo de ser la madre de algo tan bello.
Dánae volvió su mirada hacía su propia imagen y susurró:
Es precioso.